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ENTRE LINEAS

Dame una hora

Dame una hora

Hay personas, no muchas, que tienen la fortuna de probar, en algún momento de sus vidas, el fulminante sabor de la pasión completa; que llegan a conocer el éxtasis de una hora de verdadero amor, el glorioso tiempo de la carne.


Hay personas, no muchas, que se han mantenido desde la niñez cerrados como presas, conteniendo en su interior un secreto caudal de sentimientos; y si estos individuos logran algún día abrir sus compuertas roñosas, si llega el momento doloroso y feliz en que se rinden, la abundancia de emoción es de tal magnitud que el mundo se sumerge en un maremoto.


No hay mayor prodigio natural que el amor desmedido de quien nunca antes se ha atrevido a amar...

El Camino




Veo una curva en el camino y pienso si tras ella habrá un abismo o nuestra morada. O tal vez sólo continúe la vía.


No lo sé, ni quiero preguntártelo ¿Para qué? Tengo suficiente con andar por él contigo y, mientras lo hacemos, ver la ruta que hay antes de aquél giro. Y es que de nada nos serviría mirar hacía otro lado o hacia lo que no vemos.


Me importa el lugar dónde nos encontramos, hay mucha belleza en él y es aquí dónde deseo estar. A tu lado.


Si algo nos espera más allá de la curva del camino y decidimos llegar ahí, al llegar lo descubriremos. Pero por ahora tan sólo sabemos que ahí es dónde no estamos, porque no hay más camino que el de antes de la curva y, antes de esa curva, en la ruta que tu y yo tenemos, no existe curva alguna.

Lluvia

Lluvia

El dios Zeus, rey del cielo, envió una lluvia dorada para fecundar a Dánae, hija del rey Acrisio y que éste había mandado encarcelar para que no se le acercase pretendiente alguno ya que, según el oráculo, el rey moriría a manos de su nieto. De esa unión con la lluvia dorada nació Perseo. Al enterarse Acrisio quiso desembarazarse de su hija Dánae y de su nieto Perseo. Para ello los encerró en un arcón de madera y los dejó a la deriva en el río con la esperanza de que se ahogasen. No fue así y Perseo se convirtió en uno de los héroes de la mitología griega. Si, el que le cortó la cabeza a la górgona Medusa… aquella que, con su mirada lo petrificaba todo.





Lluvia, estrellas que excitan nuestra imaginación.


Lluvia, besos que llama a nuestra ternura.


Lluvia tras los cristales del ventanal, contemplación que crea poesía.


Lluvia, lágrimas que evocan sentimientos. Tristeza o alegría de lluvia.


Lluvia, deseada o denostada, nunca indiferente, como ese amor que nos es esquivo.


Lluvia, ácida recordándonos el mal que el Hombre lleva dentro.


Lluvia, gotas de agua que caen a la tierra y penetran en ella fecundándola.


Lluvia, Vida que la naturaleza nos ofrece para que pueda completarse el ciclo vital.


Lluvia, heroína. Eres la única capaz de vencer al fuego.


Lluvia, benefactora, calma nuestra sed.


Lluvia, siempre limpia.


Lluvia, Lluvia ¡¡ ¿Por qué nos has abandonado? !!


Crónica cómplice en La Tercera Vía

La diáspora

La diáspora

Sigo con el tema de ayer, “Pecadillos”. O resulta que gran parte de los “diarieros” o “diarieras” (palabra que acabo de inventar en contraposición a la de “blogueros” y “blogueras” pero que no deben ser erróneas ya que el corrector del word no me lo evidencia como tal ) están de vacaciones con lo cuál me alegro por ellos y ellas y me encanallo por mí esperando su vuelta, o les ha cogido una especie de virus, y por lo que parece contagioso, que les obliga a desatender sus diarios con gran zozobra, añado, de sus lectores y lectoras.


Las razones alegadas por los autores y autoras van desde un abandono de la musa o muso (esta palabra si que es un invento en toda regla) que les inspiraba, pasando por una pérdida del anonimato que les proporciona el medio, hasta llegar, pura y simplemente a cerrarlas sin un adiós a sus seguidores y seguidoras. Me pregunto si os ha llegado esta sensación o es que mi empecinamiento es tal que leo allí donde no debo y no lo hago allí donde es menester. En cualquier caso y por si la moscas, vaya esta mi protesta por dejar plantados y plantadas a seguidores y seguidoras que nos deleitábamos con las historias, poemas con denominación de origen, sentimientos, sueños y demás. Y es que a lo bueno se acostumbra uno rápido.

Monumento al horror

Monumento al horror

Ayer, 16 de julio, además de ser la Virgen del Carmen y onomástica de todas aquellas que llevan el nombre y quieran celebrarlo, se cumplieron sesenta años de la explosión de ‘Gadget’ de 18’6 kilotones de potencia, en el desierto de la ‘Jornada del Muerto’ cerca de Alamogordo (Nuevo México – EE.UU.). En vez de carne y huesos, ‘Gadget’ estaba compuesto de plutonio 239 y era parte de un ensayo tecnológico-militar para ganarle la carrera armamentística a la Alemania nazi y saber los efectos de una bomba atómica que, pocas semanas más tarde, se utilizaría en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con el “éxitus” (palabreja que significa en el argot médico, fallecimiento) por todos y todas conocido.


Para observar el evento, los primeros espectadores se situaron a una distancia de nueve quilómetros de la detonación. La onda expansiva se notó a ciento sesenta quilómetros y su deflagración iluminó el cielo de colores púrpura, verde y blanco. ‘Gadget’ dejó un cráter de tres metros de profundidad y trescientos treinta de diámetro y aún hoy día se detecta una cierta radiación residual. Esa zona fue declarada en 1975 monumento histórico nacional por los americanos y hasta se organizan visitas turísticas en los meses de abril y octubre. Un obelisco de piedra negruzca se alza en el hipocentro, allí donde se produjo la explosión, explosión que al ser contemplada por uno de los participantes en el experimento, dijo: “Ahora todos somos unos hijos de puta”. Así sea (amén, en latín). Así es (en castellano).

Pecadillos

Pecadillos

Cada vez que llega el verano, igual. No igual, no. Peor de un año para otro. Me sienta mal el calor o, para ser más exactos, le sienta mal a mi sistema mental. Cuatro pecados capitales lo bloquean y me impiden parir cualquier idea coherente. Se acrecienta mi envidia viendo cómo el mundo entero, o eso me parece a mí, está de vacaciones. Desde la ventana del despacho veo las calles abarrotadas de gente con ese deambular típico de quiénes les da igual moverse por aquí o por otro lado.


Ver esa vida al ralentí dispara otro de mis pecados mortales. La pereza. Me siento incapaz de mover, tan siquiera, un papel de un sitio a otro aunque sea para disimular alguna actividad. Lo malo es que noto como se ha apoderado de mí y no hago nada por evitarla. Algo pasional me une a ella con los calores.


Todo eso acrecienta mi rabia. Me enfurece. La sensación de que la apatía pueda más que tú y sea consciente de ello provoca mi ira. Ya sólo con la comisión de esas tres culpas me he ganado el infierno. ¡Infierno!. La sola evocación del averno acaba de provocarme una subida adicional de temperatura y eso que, todavía, no he dicho nada del cuarto pecado capital que se me patentiza en estas fechas.





La lujuria. Pero ese es el más disculpable. Casi diría que no me es atribuible. Al menos en exclusiva. Además no debe representarme muchos beneficios para la salud. En absoluto puede ser bueno estar sentado en tu mesa de trabajo, viendo pasar los cuerpos que veo pasar delante mismo de la ventana del despacho que da a la calle y reprimir los instintos naturales. Eso debe castigar mucho el organismo. Cada año peor. Y, cuanto peor, mejor. Mejor para la vista y peor para mi instinto animal reprimido tras mi americana, corbata y semblante “serio-laboral-responsable”.


A duras penas puedo aguantar el empezar a correr tras esas neuronas que se me escapan por la autopista del entendimiento. No iré tras ellas porque, como ya he dicho, tengo pereza. Seguiré pecando ... con tu ayuda, por supuesto.

Locura




Ocurre que muchas veces me canso de la cordura y es que darme cuenta de algunas cosas no me permite ponerme a salvo de ellas.


Necesito atrincherarme tras la locura, convertirme en espejo, bajar por las chimeneas del entendimiento y cubrirlo, a veces, de cemento mientras anudo a mi cintura un salvavidas con una soga de esparto… para no ahogarme.


Como cualquier superviviente en este océano de incomprensiones, sé cuál es mi bitácora de viaje y que barco elegir para navegar por él sin que la soledad y el vacío me hieran.





A pesar de todo la lucidez, mi cordura, me delata y por eso cierro la puerta… aunque siempre dejo entreabierta una ventana para que siga entrando el aire y no se contamine mi alma.

El hombre más fotografiado en los hogares de Tokio

Pues aunque os parezca mentira, el hombre más fotografiado en los hogares de Tokio, no es el emperador japonés Akihito, ni su esposa la emperatriz Michiko. No. Los japoneses no tienen en las estanterías de sus librerías, ni encima de sus televisores la foto de sus mandatarios. El hombre más fotografiado en los hogares de Tokio soy yo. Y lo digo sin temor a equivocarme. Esas son las ventajas o desventajas, según se mire, de trabajar cerca de uno de los enclaves más turísticos de Barcelona y ser un contumaz andarín.





Mi andadura, para acudir a mi lugar de ‘descanso laboral’, se desarrolla cada mañana invariablemente por el Paseo de Gracia, Plaza Cataluña y Avenida de la Catedral. La Pedrera, Casa Batlló en la llamada “manzana de la discordia”, fuentes de la Plaza Cataluña flanqueada por el “Corte Inglés” y, finalmente, la Catedral son los objetivos de los turistas del mundo entero y claro, a esas horas de la mañana, entre 8 y 9, los más madrugadores son los japoneses. Los inconfundibles nipones de bombachos, gorra de béisbol y cámara fotográfica de última generación se aprestan ávidos a sacar la mejor instantánea de todo lo que no se mueve y tiene un aspecto antiguo. Y, claro, uno que va como va a esas horas, deprisa, medio despierto y sin prestar atención a los simpáticos turistas, no repara que eclipsa más de una foto en su trayecto. Ahí estoy yo. Luciendo en los hogares de Tokio, capital de Japón, siempre en la misma posición. Estoy por pedir a su gobierno derechos de imagen.

¿Qué quieres ser de mayor?

¿Qué quieres ser de mayor?

El otro día le pregunté a mi hija pequeña, once años, qué quería ser de mayor. Y, casi inmediatamente, me contestó. “De mayor quiero seguir siendo niña”. “¿Niña?”, pregunté con una sonrisa. “Pero si todos los niños y niñas queréis ser siempre mayores”. “Pues yo, papá, no tengo ningún tipo de duda. Quiero seguir siendo niña”. Aquí os dejo algunas de sus razones que, a su manera, me explicó.


Quiero ser niña para poder ir a la escuela y tener tres meses de vacaciones. También quisiera que, en esos tres meses de vacaciones, dos meses estuviese en un campamento de colonias. Me es igual que en ese campamento tenga algunas horas para aprender idiomas. En realidad me parece bien aprender algo que me sirva para comunicarme y entenderme con niños y niñas con una lengua diferente a la mía. Y es que los mayores os hacéis líos con eso de las lenguas y os causan muchos disgustos. Así, aprendiendo todos los idiomas que pueda, tendré menos enemigos y muchos más amigos y amigas. También en esos tres meses me gustaría pasar uno entero con mis padres. En realidad lo que quisiera es pasarme más tiempo con ellos pero, claro, como trabajan sólo disponen de un mes para sus vacaciones. Y además muchas veces están cansados y me dicen que necesitan vacaciones para descansar y se pasan todo el día tomando el sol, leyendo o montando en bicicleta. Bueno, eso de montar en bicicleta me gusta más y me voy con ellos siempre que lo hacen.


Otro de los motivos por lo que me gustaría seguir siendo niña es porque, los pequeños tenemos facilidad para hacer amigos y amigas. De la misma manera, también nos enfadamos fácilmente. Pero se nos pasa rápido y volvemos a ser compañeros enseguida. Los mayores, cuando se enfadan, difícilmente vuelven a ser amigos. Vais a los juzgados –y eso lo sabes tú papá- a que sea un Juez o Jueza quién decida quién tiene la razón en vuestras peleas. Y, a veces para imponer la qué creéis vuestra razón, montáis guerras dónde mueren niños y niñas que podrían ser mis amigos.


Aspiro a seguir siendo niña porque me gusta creer en los cuentos que tú me explicas. Se que los que me cuentas pueden hacerse realidad, en cambio los que os explicáis los mayores, casi nunca son verdad.


Además, quiero ser siempre niña porque así, cuando abrace, le dé un beso o acaricie a algún amigo o amiga, o a mis padres, nadie pensará que esa muestra de afecto tenga sentido oculto alguno. Viniendo de una niña esos gestos son mirados con comprensión. En los mayores esas cosas, si se hacen, son vistos pensando que algún favor buscáis de la persona a quién le prodigáis vuestro cariño.


Y deseo seguir siendo niña para seguir soñando. Los mayores –y tú papá me lo has dicho muchas veces- tenéis problemas para dormir por vuestras preocupaciones. Eso os impide soñar y saber que aún es posible tener solución para ellos. Todo consiste en creer. En creer en uno mismo y en los demás.

Ira

Ira

De nuevo nos seguimos equivocando


De nuevo el horror se ha trasladado al civilizado Occidente.


De nuevo las bombas han segado la vida a más de medio centenar de personas en el corazón de Londres.


De nuevo la barbarie destroza familias, ilusiones y haciendas.


De nuevo aparecerán las lágrimas del dolor, las muestras de solidaridad de las gentes hacia los damnificados, la rabia contenida y, los más comprometidos, arrimarán el hombro ayudando hasta que regrese la calma.





De nuevo se pone en funcionamiento la liturgia que sucede a un nuevo atentado terrorista. Llamadas a la ciudadanía a la calma. Condenas y propuestas a la unidad de todos frente al terrorismo “lacra social de nuestro tiempo” y firmes promesas de que los autores serán apresados y castigados con todo el peso de la Ley.


De nuevo en todas las ciudades del mundo se convocarán manifestaciones a las que acudirán millones de personas a un solo grito: “Paz”. También los parlamentos y en las cámaras de representantes de todos los países se guardarán cinco minutos de silencio en recuerdo de las víctimas del atentado.





De nuevo todos lloraremos a los muertos por el terror, recordaremos a los nuestros una vez más y clamaremos venganza contra los asesinos por la crueldad cometida. De ese modo descargaremos nuestras conciencias, entenderemos aliviado nuestro pesar, suspiraremos porque la próxima –que la habrá- no nos toque la macabra ruleta del juego de la muerte y regresaremos, como no puede ser de otra manera, a la vida cotidiana.


Así hasta el próximo atentado.


Así hasta los próximos muertos.


Me sumo al horror, al dolor y hasta a las lágrimas de las familias y amigos de las víctimas y también pienso que debe hacerse justicia a las víctimas y castigar a los culpables. Eliminarlos. Eso es lo que siento y pienso.


Y me equivoco.


De nuevo nos seguimos equivocando…


Algo no debe funcionar en el orden establecido en nuestra civilizada sociedad para que sucedan estas cosas.


Algo estamos haciendo mal, recogiendo con seguridad la herencia de nuestros antepasados, para que niños nacidos sin el gen de la destrucción, se conviertan en armas de destrucción de sus semejantes.


En algo nos estamos equivocando para que el hombre se convierta en el peor enemigo de si mismo.


Algún error estamos cometiendo para que en entes de nuestra misma sustancia, siga germinando la desesperanza, la locura de abandonar ésta vida inmolándose en nombre de no se sabe bien qué dios o causa, porque la verdad está en otra parte, en otros universos.


Tal vez estemos demasiado preocupados en eliminar a los causantes de las atrocidades y no las causas que lo motivaron. Para nosotros apresar a los asesinos y castigarlos, es suficiente para descargar de culpa nuestras conciencias. Escarbar más allá de eso y descubrir que, con toda probabilidad, en el núcleo nos encontremos con la pobreza, veamos intolerancia, advirtamos marginación, no nos interesa. Atacar las causas supone demasiado esfuerzo, recursos y sacrificio personal sin recompensa.


Es más fácil seguir conviviendo con el miedo y actuar contra los que lo ejecutan, que emprender la tarea de enfrentarse a él.


De momento descansarán en paz los muertos y nosotros, los vivos, descansaremos con la violencia.

El hombre del tiempo se ha equivocado

No hice caso a los meteorólogos que anunciaban lluvias en Cataluña para hoy y salí de casa desprovisto de paraguas, a sabiendas que Barcelona era una ciudad de las afectadas por esas “tormentas dispersas y localmente intensas”. Y es que, aunque el cielo está completamente nublado y veo a la gente que pasa por delante de mi ventana resguardada tras los paraguas, es un día radiante para mí. Brilla el sol con intensidad y el cielo es de un azul intenso. La lluvia, aquella que decimos que “va bien para el campo”, me llegó ayer en forma de palabras. Agua purificadora para esa tierra árida tan necesitada de que se filtrase en sus entrañas ese líquido elemento. Ese que le da la Vida.





Así que hoy decidí salir sin paraguas, porque quiero que me caiga encima toda el agua del cielo. Hoy, los profetas de la Meteorología, se han equivocado.

Lo siento

Lo siento

Lo siento por las personas de buena voluntad que creen que el espíritu olímpico era ajeno a la política.


Lo siento por las ilusiones rotas de la buena gente.


Lo siento por el juego límpio.


Lo siento porque no siempre ganan los mejores y los mas preparados, sino los traficantes de favores.


Lo siento porque mi País no se merece más lágrimas y mis amigos y amigas tampoco.


Y sobre todo lo siento por el mundo entero porque sigue siendo dueño de los señores de la guerra.


Con mucho cariño. E.L.

El Regreso

El Regreso

No. El título que ilustra este escrito no está basado en una película. Tampoco en una canción. Son los “deberes” que nos hemos “impuesto” una querida amiga mía y yo. Si. La misma que ha inspirado algún que otro artículo con los que he llenado estas páginas. El de ayer sin ir más lejos. Bien pues ahora resulta que la he podido arrastrar hacia el mundo de los diarios con lo que, estoy convencido, éste universo aparente me lo agradecerá ya que atraje a una de las mejores personas (y mujer) que circulan por “La Red”.


Y llegadas hasta este punto las flores, explicaré en qué consisten los deberes o, mejor dicho, nuestro “juego”, porque de jugadores estamos hablando. La cuestión está que uno de los dos, con cierta periodicidad que aún está por determinar, soltará una idea sobre la que podamos escribir y cada uno, sin haber leído la del otro (¡¡ sin copiarse ¡! ¿eh?) la explicará en su página, a su manera, con su estilo y forma. Y empezamos hoy aunque, me temo, que con las presentaciones y explicaciones, no voy a tratar el tema.


“Y él se hizo ver después de cuatro meses de haber dado por concluido un amor intenso de casi tres años. Volvió de la peor manera que lo hacemos los hombres. Sin palabras. Sin gestos. En silencio. Ni un porqué, ni un ‘necesito hablar contigo’. Nada.


¿Qué vienes a buscar?
¿Los besos qué te dejaste?
¿Tal vez las caricias que no encuentras en otras manos?
¿Las miradas que hacían estremecer tus sentidos?
¿Los ‘tequieros” que olvidaste?


Lo siento. No me queda más que el desierto que dejó la angustia que arranqué de mi mente. Esa que llenó de cicatrices mi corazón y que no te puedo dar -¡qué más quisiera!- porque forma parte de mi. Pero hoy a pesar de tener mi mente yerma, una vez más, te haré mi postrero regalo. Algo que tengo en abundancia porque tú me lo diste. Te dejo mi vacío. Entero para ti”



Leed la “Crónica Cómplice” en La Tercera Vía

Viento...




Doy vueltas en mi cama y oigo silbar al viento…


Lo hace con fuerza levantando aquello que encuentra en su camino, formando un remolino de papeles, hojas y alguna rama seca que se ha resquebrajado por el poder de su corriente.


El silencio de la noche hace que cualquier sonido se magnifique. El silencio ha convertido al viento en un ciclón. Su aullido es cada vez más intenso.


Inquieto me incorporo y voy hacia la ventana. Quiero ver su poder.


Un árbol que hasta hace pocas horas se alzaba orgulloso en un jardín próximo, es doblegado ahora convirtiéndose en un simple arbusto que lucha por seguir afianzado a la tierra.


Escucho un golpe seco y un ruido de vidrios rotos. Un cartel se ha desprendido de sus fijaciones y arremete contra el suelo rompiéndose en mil pedazos…


Es tan fuerte el viento que estoy seguro podría arrastrarme. Pienso de qué me serviría separarme de la tierra si, el viento, esa fuerza huracanada, con todo su poder, no será capaz de arrancarte de mi pensamiento…

El Cuento del Lobo Feroz




“El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos excursionistas, sentí pasos.


Me escondí detrás de un árbol y vi venir a una niña vestida de una forma muy divertida: Toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisiera que la vieran. Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, a dónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.





Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque, cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un zancudo que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el boque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.


La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué me abrió la puerta una simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.





Cuando llegó la niña, la invité a entrar en el dormitorio donde estaba yo acostado y vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oirla mejor.


Ahora bien, la niña me caía bien y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Uds. Comprenderán que empecé a sentirme enfadado. La niña tenía una bonita apariencia, pero empezaba a serme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor.


Pero su siguiente insulto si me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero. Se que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grandes para comerla mejor.


Ahora pensad: Ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esta niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puestas las ropas de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité, pero entonces fue mucho peor. La niña gritó aún más.


De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro, así que salté por la ventana y escapé.





Me gustaría deciros que éste es el final de la historia, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme. No sé que le pasaría a esta niña antipática y vestida de forma tan rara, pero si les puedo decir que yo nunca pude contar mi historia. Ahora, vosotros ya la sabéis...”

Cuestión de porcentajes

Cuestión de porcentajes

Ayer se celebraron elecciones al decanato del colegio profesional al que estoy obligado pertenecer para seguir ejerciendo la profesión que paga mis facturas. Se presentaron hasta siete candidaturas para el cargo de Decano. Seis hombres y una mujer. Ganó, como no podía ser de otra manera, la mujer. Es la primera vez en la historia que, el colectivo de profesionales en el que debo estar, tendrá Decana en lugar de Decano. Pero los varones que se sientan inquietos por el hecho que sea una fémina la que represente a la profesión y no un hombre, deben respirar tranquilos. Al ser mujer siempre será valorada un veinte por ciento menos que los de nuestro género aunque, llegar hasta dónde está, le haya costado un cincuenta por ciento más.

Encantado de conocerse

Encantado de conocerse

Rosier dice:
Por cierto “Entre Líneas” (licencia del autor), sigo tu diario


E.L dice:
Dime Rosier. Si?


Rosier dice:
Me gusta… pero me abruman tantas respuestas


E.L. dice:
Bueno... es el espíritu lycosiano que anida en él. Y tienes razón en eso, al final se pierde el hilo de lo que querías expresar o exponer


Rosier dice:
Aha, por eso no intervengo. Comienzas hablando de un día blanco… y acabas vagando por las estrellas buscando sonrisas


E.L. dice:
Bueno. También tiene su lado bueno ¿no?... sobre todo si te vas a las estrellas. Pero tienes razón. Hay que guardar un cierto orden. O al menos seguir la historia.


Rosier dice:
No soy quien para ordenar… ni para pedir orden… tan solo expresaba mis sensaciones de tu diario. Me gustan tus exposiciones iniciales, pero me aburren del todo cuando entran en " nadie sabe donde va"


E.L. dice:
Cierto. Y me gusta que me lo digas... Precísamente estoy preparando una historia, sobre las relaciones en los diarios, que se llama: "Encantado de conocerse"


Rosier dice:
Te comenté un día que te diría lo q opino q es bueno, pero también te diría lo que a mi parecer no lo es tanto . Ya sólo el título parece interesante, me gustará leerte, seguro.


E.L. dice:
Y utilizaré, sino te importa, este diálogo (dándole mi forma, claro)


Rosier dice:
Puedes usarlo, no tengo inconveniente alguno.



Doy por supuesto que cuando alguien hace un comentario sobre algo que has escrito es porque vió en el relato algo que le atrajo la atención, algo que le pareció interesante. No me veo a alguien "perdiendo el tiempo" comentando o haciendo una cosa por obligación o rutina. No en un lugar como éste. Solo por el detalle de que te dejen unas palabras, sean las que sean, doy por satisfecha mi vanidad literaria. Además sé perfectamente lo maravilloso que soy y hasta dónde llegan mis limitaciones (¿las tengo?). Para ello sólo hace falta leer cualquiera de los enlaces que tengo en la portada (De nada. Luego hablamos del precio). Sentado esto y dejando claro que me gusta la polémica, la provocación y, sobre todo, el entendimiento en la diferencia, lo que más me excita es que aparezcan en los comentarios, “ídems” en ese tono. Para las flores, me basto y me sobro… Hasta me recito poesías y todo. Estoy, como se dice ahora, encantado de conocerme.


Los cerebros tienen arrugas, recovecos, partes a las que nunca hemos llegado y que aún están fuera de nuestra imaginación. No son planicies. Así que las palabras que elaboran no pueden ser monocordes; no pueden ser iguales o siempre alabando nuestras bondades y magnificiencia. Si eres de verdad mi amig@ no me digas siempre y en todo momento que me quieres. Eso ya lo sé porque sino, no estarías a mi lado. Háblame de mis carencias para que busquemos juntos cómo llenarlas…

Calores...

Calores...

Eran las 3'30 p.m. como dicen los anglófilos. O las 15 h. 30' como dice mi ordenador. O las tres y media de la tarde como digo yo. Bueno. La verdad es que era, segundo más, segundo menos, la hora escrita cuando desde la ventana del autobús que me transportaba a las cercanías de mi casa, observo una curiosa escena mientras, parados, esperábamos el guiño verde del semáforo. El escenario era el césped, más o menos verde, más o menos cuidado y, eso si, más que menos seco, de una céntrica plaza barcelonesa. En ese lugar, justo delante de ese prado urbano acotado por el asfalto circular de la acera, va a parar la boca de un metro por donde transitan ingentes cantidades de personas de tal manera que, quién sale se da casi de bruces con la pequeña majada. Al lado de esa entrada de metro, de espaldas al césped, se sitúan dos terrazas que, en la época canicular en la que nos hemos metido, están abarrotadas de gente que busca consolar la sed y el cansancio que produce el calor.


Estirados en ese césped, a la sombra de una de las palmeras ciudadanas, se hallaban un joven y una joven que no sobrepasaban la veintena en la posición del misionero inverso. Es decir en posición amatoria ella encima de él. Para los que se escandalicen por las penurias que podrían estar pasando los amantes a esas horas del día a más de treinta grados a la sombra, os informaré que estaban completamente vestidos, lo que no les impedía darse un buen repaso corporal a nivel interno y externo, mientras sus bocas se tanteaban ávidamente. Como soy un mirón convicto y confeso no me perdía detalle de la representación pasional de la pareja esperando y deseando, una rápida conclusión de la fogosidad de los jóvenes. En esas que, una señora de mediana edad que paseaba por allí con una niña de unos diez años, debió escandalizarse con el espectáculo que se había organizado y, ostensiblemente, tapó los ojos de la niña girándole la cara, y girando la suya propia con ademán airado, en el sentido contrario dónde se encontraban los mancebos retozando totalmente ajenos a lo que les rodeaba.





Mientras el autobús iniciaba de nuevo su marcha, trataba de imaginar otra escena familiar que, con seguridad, se había producido o se produciría en el hogar de la escandalizada mujer que tapaba los ojos de la pequeña ante la lujuría desenfrenada. Los pensaba a ella, sentada en la mesa con su pareja y con esa niña. Tal vez tuviesen otro hijo o hija menor o algo mayor que estuviese alrededor de esa mesa. Estaban desayunando, tal vez comiendo o, posiblemente, cenando. Lo cierto es que tanto da. El elemento común es que departían frente a una televisión encendida y escuchaban las noticias que daban a esas horas. Los adultos es uno de los programas que miramos con mayor interés. Es lo normal, como también es normal que esos padres, que cualquiera de nosotros contemplemos la guerra, la muerte y la intolerancia en compañía de nuestros hijos, de nuestros sin que cubrirles los ojos. Sin que ello nos perturbe lo más mínimo.

Estrategias


Alicia dice:
Leí aquello de “Mañana te llamo”


Entre Líneas dice:
Está inconclusa… ¿Y?


Alicia dice:
Iba a responder a la primera parte, pero me di cuenta de que había más...iba a hablar de estrategias... pero entonces me di cuenta de que la historia no iba por ahí.


E.L. dice:
Es una historia abierta. Aún no tengo el final.


Alicia dice:
Da vueltas, no?


E.L. dice:
Bastantes


Alicia dice:
Siempre llegas al mismo sitio…. para mantener vivo el interés hay que desaparecer.


E.L. dice:
No lo creo así


Alicia dice:
No?


E.L. dice:
No. Verás, es como la cuestión, algo pueril (disculpa), de poner o no poner tu imagen. Se tiene la tendencia a creer que no poniendo foto, tu "conversante" mantendrá el interés por ti. Eso es un error. El interés está en la mente, no en la imagen.


Alicia dice:
En eso estoy de acuerdo, la foto no importa nada.


E.L. dice:
Y cuanto antes descubras la imagen, tendrás muchas más posibilidades de encontrar algo bueno, a alguien que merezca la pena.


Alicia dice:
La foto es importante, si, yo creo, al revés que tu, que si no la pones, estas en desventaja.


E.L. dice:
Cierto. Lo estás.


Alicia dice:
Lo que yo quería decirte es que cuando hablabas de estrategias, en realidad, eran protocolos de las relaciones de internet.


E.L. dice:
No sabes si quién está frente a ti, es realmente porque tiene un interés "mental" por ti o físico. Hay que romper los protocolos. Somos adultos ¿no?. Además, rompiendo los protocolos, le habremos ganado la partida a uno de nuestros miedos.


Alicia dice:
Si, pero igualmente los sigues, mira, lo primero que haces es mandar mensajes provocativos ... después seguias con el intercambio de fotos provocativas …. después vienen los silencios del msn ... después, cuando la relacion ya está segura, hay que poner afecto. Y, ¿qué queda? Desaparecer.


E.L. dice:
Eres toda una estratega ¿eh?


Alicia dice:
No, es lo que hace todo el mundo menos yo.


E.L. dice:
¿Entonces es todo una gran estafa?


Alicia dice:
No, es que no se puede actuar de otra manera.


E.L. dice:
¿Por qué crees eso?


Alicia dice:
Porque en todas las relaciones tiene que haber expectativas y en internet la unica es conocerse o desaparecer.


E.L. dice:
Entonces los que desaparecen se engañan, engañan y, además, pierden el tiempo ¿Es eso lo que crees?.


Alicia dice:
No engañan si la relación en internet es el unico objetivo.


E.L. dice:
¿Crees qué las personas nos marcamos objetivos predeterminados?


Alicia dice:
Por ejemplo, digamos que yo no pierdo el tiempo contigo ahora, porque me gusta charlar y llega un momento en que ya no puedo interesarte más con frases ingeniosas y fotos. Entonces, sin darme cuenta, pondré afecto, lo haré porque ya no tengo nada mas que ofrecer en “La Red”. Di, “eres una cínica”.


E.L. dice:
No estaba pensando eso. Recapacitaba en lo que habías escrito y, en realidad, es lo que has estado diciéndome desde el principio y lo que pones en tu descripción. La coherencia, a veces, me sorprende.

La fábrica de tiempo

La fábrica de tiempo

Érase que se era un planeta cuyos habitantes no tenían Tiempo. El planeta se llamaba Tierra y sus habitantes se hacían llamar humanos. Llegó un día en que la escasez de Tiempo empezó a preocupar a los humanos. Por todas partes se escuchaba a los habitantes del planeta decir: “Se nos acaba el Tiempo”; “No tenemos Tiempo”; “No puedo dedicarle mi Tiempo”; “No llegaremos a Tiempo”. La negativa seguida de la palabra “Tiempo” se convirtió en una constante y los humanos se obsesionaron porque algún día se quedasen sin él y su existencia se convirtiese en un espacio sin Tiempo. En un lugar que quedaría vacío.


Tan grave era para ellos el asunto que fue discutido en todos los parlamentos de la Tierra -allí dónde los tenían- o por los sabios de la tribu o los dictadores convocaban referéndum para conocer si sus ciudadanos temían por la insuficiencia de Tiempo. Como ningún País logró encontrar una solución a la disminución constante del Tiempo, en un hecho sin precedentes en la historia del Planeta, se reunieron, sin excepción, los representantes de todas las naciones existentes. Puede decirse que todos los humanos estaban representados en ese Parlamento.


Después de varios meses de deliberación los humanos a través de sus delegados en el Congreso de las naciones, no se pusieron de acuerdo. Todos pensaban que la solución que aportaban los sabios de su País era la mejor de todas y querían que los demás contribuyeran económicamente al desarrollo de la misma. En realidad no se fiaban de las soluciones aportadas por los sabios de otros países ya que pensaban que los suyos estaban en posesión de la verdad absoluta. Además, las arcas de los tesoros públicos estaban exhaustas y lanzarse a una investigación de inciertos resultados esquilmando, todavía más, la maltrecha economía de los ciudadanos, se antojaba una empresa ardua y peligrosa que podría desencadenar una revolución de consecuencias insospechadas. Tampoco la iniciativa privada parecía tener interés en invertir sus haciendas en la actividad, más preocupada de obtener beneficios en otros campos de resultados inmediatos.


En esas estaban los habitantes de la Tierra cuando unos seres de otro planeta que les habían estado observando desde una estrella no muy lejana, visitaron al máximo representante de los humanos en la Tierra. El presidente de las Naciones Unidas. Esos seres dijeron que tenían la respuesta al problema ya que muchos siglos atrás, su civilización, sufrió penurias de Tiempo. La solución parecía muy sencilla, tanto que los humanos no acertaban a entender cómo no se les había ocurrido antes a ellos.


“Construiremos una fábrica de Tiempo”, dijeron los extraterrestres, “además no tenéis que preocuparos por el coste del edificio, ni por su administración. Nosotros correremos con todos los gastos y seremos los encargados de gestionarla”. “Sólo ponemos tres condiciones”, continuaron diciendo los seres venidos de las estrellas. “La primera de ellas es que la fábrica de Tiempo estará ubicada en el punto más recóndito de vuestro Planeta; la segunda es que pasarán por la fábrica uno a uno, personalmente, todos aquellos humanos que crean necesitar Tiempo y, la tercera y última condición es que, una vez los habitantes de la Tierra hayan pasado por la fábrica de Tiempo y se les facilite éste, no hablarán con nadie de cuál ha sido la fórmula para fabricar Tiempo”.





No les parecíó duro a los humanos aceptar las condiciones de los extraterrestres máxime cuando ellos asumirían todo el coste de la construcción de la fábrica y el desarrollo del proyecto. Así que aceptaron. De manera inmediata los seres venidos de las estrellas se pusieron a construir el edificio. Eligieron, tal y como habían dicho, el punto más recóndito del Planeta. Una selva virgen e inexplorada por el Hombre. A pesar de lo intrincado del terreno los alienígenas no tardaron en finalizar su obra. No en vano llevaban siglos de adelanto científico a los humanos.


Una vez acabada la labor se pusieron, tal y como habían prometido, a gestionar la fábrica de Tiempo. Los humanos, abrumados por la pérdida de Tiempo, acudían en masa a las puertas del edificio deseosos por recuperar ese Tiempo o por que se les facilitase otro de nueva creación. Venían de todos los puntos del Planeta y, como el camino hasta la fábrica era muy dificultoso, empleaban días enteros de viaje a través de la selva para llegar a las puertas de la fábrica de Tiempo. No sólo eso, tal era la demanda de Tiempo, que tenían que esperar días, incluso semanas, para que les llegase el turno y se les facilitase tan preciado bien.





Y a todos los que entraban en la fábrica de Tiempo se les daba un documento donde estaba la satisfacción a sus dificultades. ¿Qué contendría aquél documento? ¿Tal vez una fórmula oculta que desentrañase el problema de la insuficiencia de Tiempo y se facilitasen los parámetros para su fabricación? Pero, tal y como se habían establecido en las condiciones de los extraterrestres, nadie podía explicar lo que contenía el documento… ¿Nadie? No. Yo si puedo. Tengo el privilegio que me he concedido por ser aquél que cuenta la historia. Y voy a hacerlo. El escrito decía lo siguiente:


“Querido habitante del Planeta Tierra. Hasta llegar a esta fábrica de Tiempo y recoger este escrito, has empleado más de tres millones de segundos o, lo que es lo mismo, casi cinco semanas. Utilizarás otras cinco semanas en volver a tu lugar de origen. En este viaje de ida y vuelta habrás tardado sesenta días que podrías haber ocupado en esas cosas para las que siempre dices que te falta Tiempo. Tu familia, tus amigos, tus sueños, en definitiva, tu vida. Ahora tienes una nueva oportunidad para recuperar eso que habías perdido si pones el mismo interés y dedicación que has puesto haciendo este largo trayecto hasta aquí. Cuando te parezca que vuelves a necesitar Tiempo, no vuelvas a la fábrica. Búscalo cerca de ti. Seguro que lo encuentras porque tú tienes todo el Tiempo que necesitas”.


Érase que se era un Planeta cuyos habitantes tenían Tiempo. A ese planeta lo denominaban, cariñosamente, por el color que sus habitantes, unos seres que eran humanos, habían pintado en su superficie. Azul.